lunes, 13 de mayo de 2013

La paciente y los impacientes

Hola chicos, hoy como todos los días, atendí a mis pacientes, pero este día fue distinto a los demás. ¿Saben por qué? porque esta vez me tocó a mí ser la paciente. Durante toda la tarde me llené de impacientes de la cabeza a los pies.

Mientras trabajaba entre los pequeños recovecos, con espejo y explorador, iluminando este escenario de teatro semioscuro que es la boca, la lengua me molestaba más que de costumbre. Denotaba ansiedad o mala conducta, de eso nunca se puede estar del todo segura, pues ella es independiente de nuestra querida voluntad. He aquí que la muy pícara jugaba con el espejo más de lo deseable, pero hoy por suerte, esta rebelde no pudo con mi paciencia, que estaba fuerte y decidida a ganar. La caries ya había sido descubierta, y pese a la lengua que trataba de impedírmelo, no dude ni un instante en apartarla con toda la fuerza para poder trabajar.

Y ahí fue cuando empezaron a llegar un montón de impacientes que me rodearon. A unos metros de mí, una tos insistente le hacía coro al torno, una era grave y el otro agudo y si al principio me parecía circunstancial pronto me di cuenta que no paraba, y no paraba... Evidentemente era una tos nerviosa ni más ni menos, una tos impaciente mezclada tal vez con un poquitín de miedo.

Como si eso fuera poco y para desafiar a mis nervios, la puerta de la sala de espera empezó a moverse con un ruidito molestísimo, que parecía que solo yo escuchaba, porque nadie se molestó en cerrar la puerta. Y a esto se le sumó de pronto el ladrido de un perrito, que seguro era un caniche chiquito que quería entrar a la sala sabiendo que no podía.

Respiré hondo y decidí enfrascarme dentro de la boca, sacudiendo la prisa que ya me empezaba a recorrer el cuerpo. No podía descuidarme ni un segundo con la lengua, porque estaba en una intrincada y minuciosa maniobra. Al fin podía trabajar tranquila, porque con la paciencia triunfante había logrado controlar a los impacientes, cuando de repente sonó un estrepitoso ruido, tan grande que todos los demás ruidos se callaron: una mesita de vidrio fue corrida de lugar y por descuido se cayó al suelo. ¿Ustedes se preguntarán qué hice? Pues nada. De vuelta logré que la paciencia retomara su lugar y seguí trabajando con un silencio sepulcral, terminé mi restauración y como si no hubiera pasado nada, me tomé un vaso de agua helada, suspiré dos veces y dije: "que pase el siguiente..."

A todos nos pasa a veces de tener días difíciles, pero no importa en realidad todo lo que afuera pueda suceder. Lo importante es estar preparada como me pasó hoy a mí, que en este caso fui la verdadera paciente.

¿A ustedes les pasa de tener días difíciles? ¿Me cuentan un ejemplo y cómo hacen para ser pacientes?

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